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La industria química es un componente clave de la economía francesa. El valor añadido de la industria se estimó en 20.000 millones de euros en 2019, más del 8% del valor añadido manufacturero total del país, lo que sitúa a la química en tercer lugar, por detrás de la alimentación y las bebidas y la metalurgia.

La industria química es uno de los principales exportadores industriales, en segundo lugar tras la aeronáutica y por delante de la automoción. Representa más del 13% del total de las exportaciones manufactureras y se sitúa en su segunda posición como contribuyente a la balanza comercial de la industria, después de la aeronáutica, con un superávit comercial de 12.000 millones de euros.

La industria química en Francia cuenta con casi 3.000 empresas, el 94% de las cuales son PYMES. Sus empresas emplean directamente a 168.650 personas, el 6% de los trabajadores franceses del sector manufacturero, y generan 877.000 empleos indirectos e inducidos.

La producción francesa abarca desde productos químicos básicos hasta productos químicos especiales y finos. Esta cartera favorable le permite abastecer al conjunto de la economía y de las industrias con 1/3 de su mercado interno basado en el consumo doméstico directo, 1/3 en los mercados industriales y 5% en la construcción.

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El viernes 8 de abril de 2016, el Observatoire Français des Conjonctures Economiques (OFCE) inició una serie de seminarios trimestrales sobre el análisis del tejido productivo de Francia. El objetivo es reunir a los investigadores y debatir sobre la situación, la diversidad y la heterogeneidad de las empresas que componen el sistema productivo de Francia. Este debate se nutre ahora de la utilización creciente de datos empresariales. Esperamos así enriquecer el análisis de los puntos fuertes y débiles del tejido productivo del país, con el fin de orientar la elaboración de políticas públicas destinadas a reforzarlo[1].

Sin embargo, el descenso del empleo industrial está siendo acompañado por la creación neta de empleo en los servicios. También parece que el crecimiento de los servicios está siendo impulsado en parte por los cambios en los métodos de producción industrial. Los productos incorporan un componente cada vez mayor de servicios y las empresas amplían su cartera de productos de servicios. La fragmentación de los procesos de producción – impulsada por las oportunidades que ofrece la globalización – está aislando las unidades de fabricación de bajo valor añadido de las unidades de servicios de alto valor añadido.

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Una cuestión clave para muchos trabajadores es la flexibilidad del tiempo de trabajo, con el fin de lograr un equilibrio entre la vida laboral y la familiar en Francia. La negociación de un equilibrio entre la vida laboral y la familiar puede permitir a los padres conciliar su trabajo con su vida familiar y, sobre todo a las mujeres, participar en el mercado laboral. También puede permitir que los trabajadores se tomen un permiso para participar en la educación o la formación o para dedicarse a un interés, una afición o una actividad de ocio. Esto significa que los trabajadores pueden reorganizar su vida laboral y su horario de trabajo en torno a días, semanas, meses o incluso años más cortos.

Una ley para reducir la semana laboral legal en Francia de 39 a 35 horas en 2000, para las empresas de más de 20 empleados y, en 2002, para las empresas de 20 empleados o menos. Los estudios de la Oficina de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) indican que Francia está por debajo de la media de la OCDE en cuanto a horas trabajadas. En consecuencia, los empleados franceses disponen de un tiempo de ocio superior a la media en un día medio. Aproximadamente 15 horas diarias se dedican al cuidado personal y al ocio (comer, dormir, etc.).

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Al final de la guerra, todos los países beligerantes tuvieron que hacer frente a las dramáticas consecuencias causadas por un conflicto asesino y devastador. Francia no fue una excepción, sobre todo porque la mayor parte de las batallas del frente occidental tuvieron lugar en su territorio. Tras el armisticio, la nación entró así en un proceso de reconstrucción que, en realidad, se concibió ya en 1914-1915. En este contexto, estaba en juego el papel del Estado, así como sus prerrogativas y las consecuencias de la reconstrucción en la economía francesa.

Un folleto titulado La France au travail pour réparer ses dommages de guerre, publicado en 1923, pone de relieve la destrucción causada por la Gran Guerra y el éxito de los esfuerzos de recuperación en curso desde 1918[1]. Este documento hace referencia a tres estructuras principales dañadas por el conflicto: casas, campos y fábricas. La restauración de las tres fue apoyada por enormes esfuerzos financieros[2]. En efecto, debido a la localización y a la extensión -temporal y espacialmente hablando- de las batallas, Francia fue el país materialmente más afectado porque «las destrucciones causadas por los combates [se] sumaron [a] las resultantes de los movimientos de tropas durante las fases de la guerra de movimiento de 1914 y 1918″[3].